26/07/2007 | 1002

“Una enfermedad muy frecuente en los medios revolucionarios”

Las jornadas de julio modificaron radicalmente la situación… La consigna “el poder a los soviets” suponía, para lo sucesivo, el levantamiento armado contra el gobierno y las pandillas militares que éste tenía detrás. Pero hubiera sido a todas luces absurdo provocar la insurrección con el lema “el poder a los soviets”, cuando esos soviets empezaban por no querer ese poder. Por otra parte, parecía dudoso —algunos lo tenían incluso por poco probable— que los bolcheviques pudieran conquistar, por medio de unas elecciones pacíficas, mayoría en esos soviets faltos de todo poder…


En estas condiciones, no cabía pensar siquiera en la posibilidad de que el poder pasara pacíficamente a manos del proletariado. Esto significaba para el Partido Bolchevique: hay que prepararse para el levantamiento armado. ¿Con qué consigna? Con la franca consigna de la conquista del poder por el proletariado y los campesinos pobres. Había que presentar el objetivo revolucionario en su forma más cruda. Era preciso poner de manifiesto la sustancia misma de clase, liberándola de la forma de los soviets, que pecaba de equívoca. Una vez dueño del poder, el proletariado debería organizar el Estado conforme al tipo soviético. Pero los que de esa organización surgiesen serían ya otros soviets, que habrían de llevar a cabo una misión histórica diametralmente opuesta a las funciones de custodia que realizaban los soviets conciliadores…


¿Renunciar a la demanda de la entrega del poder a los soviets? En el primer momento, esta idea llenó de asombro al partido; mejor dicho, a sus agitadores, que en el transcurso de los tres últimos meses habían asimilado hasta tal punto esa consigna popular, que identificaban casi con ella el contenido íntegro de la revolución. En los círculos del Partido se iniciaron las discusiones. Muchos militantes destacados, como Manuilski, Yurénev y otros, demostraron que el hecho de retirar la consigna “el poder a los soviets” engendraba el peligro de que el proletariado se aislara de los campesinos. Esta objeción ponía a las instituciones en lugar de las clases. Por extraño que a primera vista pueda parecer, el fetichismo de la forma de organización constituye una enfermedad muy frecuente en los medios revolucionarios…


La cuestión de saber qué organización de masas debía servir al Partido para dirigir conforme a ella la insurrección no permitía una resolución a priori ni, con mayor motivo, categórica. Podían convertirse en órganos de insurrección los comités de fábrica y los sindicatos, que se hallaban ya bajo la dirección de los bolcheviques, y asimismo, en algunos casos, los soviets, en la medida en que alcanzasen a sacudir el yugo de los conciliadores. Lenin, por ejemplo, decía a Ordjonikidze: “Hemos de trasladar el centro de gravedad a los comités de fábrica. Estos deben convertirse en los órganos de la insurrección”.


León Trotsky, “Historia de la Revolución Rusa”

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