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04/04/2020
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El lugar histórico de la pandemia

El Triunfo de la Muerte, de Pieter Bruegel (Museo del Prado)

En un artículo publicado por Página 12 (29/3), Mario Rapoport desenvuelve una tesis acerca de las consecuencias socioeconómicas que traerá la pandemia de coronavirus, dando expresión precisa a una idea que sobrevuela en varios análisis que pueblan los medios internacionales. Su tesis es que “la pandemia parirá una nuevo orden económico mundial: el retorno de los Estados de bienestar de la posguerra”.


El autor concibe que la crisis actual es producto de la caída de un modelo económico, el de la “globalización neoliberal”. Llega a esta conclusión partiendo de una premisa aguda, caracterizando de arranque que “la actual pandemia internacional no es ajena a la crisis económica mundial cuyos orígenes pueden remontarse a fines del siglo XX e inicios del siglo XXI en Estados Unidos con las crisis de las punto com, de Enron y de otras empresas, cajas de ahorro y bancos; crisis financieras que repercuten en el mundo hasta el estallido de la crisis mundial de 2008”. Esta crisis, agrega, es el origen de las guerras del último período, del crecimiento del hambre y también de que numerosas enfermedades azoten mortalmente a enormes sectores de la población mundial, ya previamente al coronavirus.


Globalización y capitalismo buitre


Sin embargo, considera que todo esto es consecuencia de que la globalización neoliberal “borró la barrera de los países y junto a ellas también a muchas de las características benéficas de los Estados de bienestar, creados luego de la Segunda Guerra Mundial”; de que “el mundo de las finanzas superó al de la producción y el trabajo, que predominaba en las primeras décadas del siglo XX”; y “los Estados dejaron de jugar un rol protector como en el pasado y las fuerzas del mercado pasaron a dirigir los proyectos nacionales”.


Concluye finalmente reivindicando el planteo que hiciera Keynes ante la profunda depresión de los años ’30, asignando al Estado la tarea de lograr el pleno empleo, mantener bajas tasas de interés para alentar la inversión y mejorar la distribución del ingreso, todo lo cual evitaría una caída del consumo y mantendría a flote la economía. “Se necesita –agrega Rapoport- el control de los capitales y una especie de ‘vacuna universal’ contra los fondos buitre, que obligue a la reestructuración de las deudas existentes creadas en gran parte artificialmente”. Es decir que concibe que el problema de la sociedad actual es un exceso de la sed de ganancia del capital financiero (la “economía casino” según Keynes), algo que podría y debería ser regulado mediante la intervención benéfica del Estado.


Lo que pierde de vista el autor es que si el coronavirus encontró a la sociedad capitalista como un cuerpo anémico es justamente por el fracaso de las tentativas por reactivar la economía mediante la intervención estatal, una tendencia que ha dominado al mercado mundial desde la crisis de 2008/09.


De hecho, un dato inédito de la economía actual coincide con uno de los aspectos fundamentales de la teoría de Keynes para estimular la economía y el consumo, como son las bajas tasas de interés. Ya antes de la entrada en escena del virus (y por ende de los anuncios de la FED) un tercio de la deuda global tenía tasas negativas, y sin embargo la tendencia era a una caída de las inversiones de capital y a un apalancamiento, y una dirección inequívoca hacia la recesión mundial. Es decir que “el mundo de la producción” se dirigía ya a una crisis a pesar de los estímulos del “mundo de las finanzas”. Lo mismo vale para los estímulos al consumo, ya que uno de los factores que contradice las actuales hipótesis optimistas -que afirman que tras la pandemia vendrá una rápida recuperación- es precisamente el sobreendeudamiento de las familias, que totaliza una burbuja equivalente nada menos que al 60% del PBI mundial.


En efecto, la presencia de fondos buitre revoloteando no es en sí misma la enfermedad, sino solo una manifestación, un síntoma. Lo que el coronavirus sacó a la luz es que la tendencia a las quiebras soberanas va de la mano con la tendencia a las quiebras corporativas, y que los Estados van al default tras haberse embarcado en un rescate del capital durante la última década.


La expresión política de este intervencionismo estatal es la aparición de regímenes bonapartistas y políticas proteccionistas. El ascenso de Trump y las tendencias centrífugas de la Unión Europea (Brexit) ejemplifican este proceso en las potencias imperialistas, los Bolsonaro y Nahendra Modi en los llamados países emergentes. La guerra comercial y monetaria, y los conflictos bélicos propiamente dichos, expresan el esfuerzo de los Estados por salvar a sus pulpos capitalistas disputando una cuota mayor del mercado. Este es también el origen del derrumbe de los precios internacionales del petróleo, generado por la ruptura del equilibrio pactado entre las potencias petroleras (sobre todo entre Arabia Saudita y Rusia), que mantenía dichos precios artificialmente altos; un mecanismo que había sido la clave de la revolución petrolera del esquisto norteamericano –cuyos precios de producción son más altos que los de los pozos convencionales. 


La crisis de la globalización es entonces consecuencia de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y los estrechos marcos de los Estados nacionales. Y la crisis del sistema financiero es producto, no de sus excesos usurarios en sí, sino de su afán por revertir la tendencia a la caída de la tasa de ganancia del capital mediante una cada vez mayor valorización ficticia de los capitales por sobre su rentabilidad real, lo que equivale a decir el capital ha violado durante demasiado tiempo su propia ley fundamental: la ley del valor. En definitiva, la bancarrota es el producto de la sobreproducción de capitales.


La paradoja de esta crisis es que si una salida “capitalista clásica” requeriría de la eliminación del capital sobrante, por el contrario hoy los Estados, los bancos centrales más importantes del mundo y hasta los organismos multilaterales de crédito están haciendo “todo lo posible” por evitar las enormes quiebras que se avizoran, las cuales amenazan con llevarse puesto a todo el sistema bancario.


La otra consecuencia de toda crisis de sobreproducción de mercancías y capitales es la destrucción en masa de fuerzas productivas. Es la expresión inconfundible de un régimen social que ya no actúa como factor de progreso técnico y productivo de la sociedad sino como un bloqueo. Además de las quiebras y de los cierres de fábricas, la desocupación masiva y las guerras son vías clásicas por las cuales se desarrolla esa destrucción. 


Al formular la tesis de que tras la pandemia la mayor intervención de los Estados derivará en regímenes keynesianos, el autor elude explicar por qué en realidad esos planteos fracasaron en ofrecer una salida a la depresión de los años ’30 y solo fueron aplicados recién después de la Segunda Guerra Mundial, con el orden internacional que surgió tras una liquidación sin precedentes de fuerzas productivas y fundamentalmente como reacción de supervivencia de las burguesías imperialistas tras las revoluciones que para mediados de siglo XX habían expropiado al capital en un tercio del globo. La explicación de ello es que la salida a la Gran Depresión no estuvo determinada por la regulación estatal sino por las guerras y las revoluciones.


Con esta consideración, se evidencian en realidad las limitaciones históricas que se erigen para que la crisis sea superada mediante un resurgimiento de los Estados de bienestar, que actúen como reguladores de las presuntas variantes más voraces del capitalismo. Pero el artículo de Rapoport ofrece una reflexión más.



De la peste negra al coronavirus


Para retratar el alcance histórico que da a los sucesos que estamos viviendo, el autor tituló a su columna “La peste negra, la gran depresión del siglo XIV y el coronavirus”, estableciendo un paralelismo histórico con aquella catastrófica combinación de crisis y epidemia que marcó el final del feudalismo europeo. Sostiene que “muchos fenómenos actuales, pese a las impresionantes transformaciones económicas y tecnológicas producidas desde la revolución industrial, se parecen a los de ese capitalismo mercantil del fin de la Edad Media”.


Entre esos fenómenos, análogos a los de hoy, que habrían marcado a la devastadora crisis del siglo XIV, se ubica en primer lugar un proceso de polarización social: “por un lado, un puñado de individuos y familias enormemente ricos, por otro, el resto de la población, clases bajas y medias que van de la extrema pobreza a una vida insegura de trabajos inestables, pesares y algún bienestar”. Se suman a ello el incremento exponencial de las deudas e intereses usurarios, las burbujas inmobiliarias, las guerras permanentes, las crisis monetarias, la caída de la producción, los gastos improductivos en bienes de lujo y la mayor presión sobre las clases productoras.


Esas serían las causas de las “desgracias del siglo XIV que significaron el principio del fin de un modelo económico: el feudalismo (aunque hubo que esperar varios siglos para su caída definitiva) y el nacimiento del mundo moderno”. La comparación encuentra un punto de apoyo en el papel protagónico que jugó en aquella crisis la peste negra, que constituye aún uno de los hitos más catastróficos de la historia europea. El coronavirus vendría a ser así la peste del siglo XXI, y expresión del fin de un “modelo económico”.


Pero el escenario histórico en que la peste negra (o peste bubónica, que provenía de las ratas) irrumpió para arrasar nada menos que con un tercio de la población de Europa en unos años, fue sin embargo resultado del desarrollo mismo de la sociedad medieval europea, que se chocó violentamente con los límites que le imponían las relaciones sociales que la habían impulsado hasta allí. 


El feudalismo había llegado, a principios del siglo XIV, a su apogeo. El crecimiento general del comercio y la orientación de los cultivos de cereales hacia la exportación revelan un proceso de desarrollo económico, al igual que el crecimiento de las ciudades y la manufactura. Pero, como señala el propio Guy Bois -que es citado por Rapoport en su artículo-, el feudalismo solo podía ofrecer un desarrollo extensivo, mediante la ocupación de nuevas tierras y el crecimiento de la población, pero manteniendo en lo esencial la misma base técnica. 


De esta manera la economía basada en el régimen señorial no solo no podía incrementar la productividad sino que era sometido a una ley de baja tendencial de la productividad del trabajo (o de rendimientos decrecientes) producto de la menor fertilidad de las tierras marginales que eran ocupadas y puestas a producir, por el retroceso de la ganadería que implicaba menores abonos para la tierra, por el parcelamiento de las explotaciones campesinas en pequeñas unidades ante el aumento de la población. Los menores rendimientos de las tierras llevaban también a una caída de la tasa de tributo que recaudaban los señores feudales, lo que solo podía ser compensado con un incremento de las exacciones sobre los campesinos arrancándoles una cuota mayor de su producción, aumentando la explotación de las familias de productores y del suelo hasta su agotamiento.


Este proceso llevó a que a principios del siglo XIV una serie de hambrunas hiciera estragos en numerosas regiones. Se había terminado la etapa de crecimiento. En este contexto de miseria creciente entró en escena hacia mediados de siglo la peste negra, con su secuela de muertes por asfixia, que se propagó por todo el continente. Siguiendo con Bois, era la propia acumulación feudal la que estaba “trabada por las fuerzas productivas y las relaciones de producción”, y ese era el detonante de las catástrofes del hambre, la peste y las guerras. Lo que entraba en una crisis generalizada, entonces, no era un “modelo económico” sino los cimientos mismos de las relaciones sociales de producción en que se asentaba el feudalismo, expresión de la incapacidad histórica de un régimen social para hacer frente a las condiciones generadas por su propio desarrollo.


Existe, por esto mismo, una distinción esencial entre la crisis del siglo XIV y la actual. La diferencia es que aquella representa el paroxismo de las crisis de sub-producción. La superación de los límites puestos al desarrollo de la productividad del trabajo requería de una ruptura de las barreras que erigía el régimen social. Ese proceso de ruptura histórica empezó con la liquidación de la servidumbre tras los levantamientos populares que sacudieron en esta época a todo el continente, cuyos emblemas fueron las jacqueries francesas y el levantamiento de los campesinos ingleses en 1381.



Los sujetos históricos y las crisis


El hecho de que Rapoport evite hacer mención a estas conmociones sociales no es casual. Podemos concluir que en su análisis son los Estados quienes están llamados a jugar un rol como sujetos históricos definitorios, regulando los excesos del capitalismo. Haciendo una comparación biológica, podríamos decir que estos excesos aparecen primero como una enfermedad de la primera infancia del capital (siglo XIV) y luego como una recaída en una suerte de adolescencia tardía (neoliberalismo) que será superada mediante una vuelta a la madurez (los Estados de bienestar).


En realidad, el predominio del capital financiero y los choques entre las grandes potencias en provecho de sus grandes pulpos son características fundamentales de la etapa imperialista y monopolista del capitalismo. Esta fase superior (como la definiera Lenin) se inició hacia el final del siglo XIX y los albores del siglo XX, y se manifestó de manera extraordinaria en la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Estos rasgos de la economía mundial son entonces síntomas de la senilidad histórica del capitalismo, cuando ha creado las condiciones para su superación.


Con esta base, la caracterización común que puede hacerse de la crisis del siglo XIV y la bancarrota actual es que ambas son producto del propio metabolismo del régimen social, de su desarrollo, y por lo tanto no pueden ser superadas por algún tipo de regulación de su dinámica, sino solo mediante una fractura completa del orden social y del surgimiento de una clase revolucionaria capaz de reorganizar sobre nuevas bases la producción social.

Llegamos así a la cuestión fundamental. Si la crisis actual es expresión de la decadencia histórica del capitalismo, que ha agotado sus posibilidades de desarrollo, el sujeto histórico que puede dar una salida es la clase obrera, liderando al conjunto de los explotados. 


Es insoslayable que avanzamos nuevamente hacia grandes conmociones sociales. Esto porque, como dijimos, los intentos de recomposición del mercado capitalista requerirán de la eliminación de capital sobrante y de una brutal destrucción de fuerzas productivas. El cálculo de la OIT augurando 25 millones de nuevos desocupados tras la pandemia, los cierres de fábricas y el agravamiento de los choques entre las potencias imperialistas lo atestigua. Si ya antes del coronavirus asistíamos a una ofensiva general contra las condiciones de vida de los trabajadores en todo el mundo -condensadas en las reformas laborales y jubilatorias de las más variadas latitudes- y a respuestas enérgicas contra ella de parte de los explotados, esos choques se agudizarán en el futuro cercano. La pelea consiste entonces en construir una dirección política de la clase obrera consciente del rol histórico que ésta está llamada a jugar.


La construcción de esa dirección será el fruto, exactamente, de la lucha contra los intentos por encorsetar a los explotados detrás de programas de conciliación de clases, que tienen su esencia en el culto al papel del Estado como regulador por encima de los antagonismos entre las clases sociales. 


Esto vale especialmente para el nacionalismo de contenido burgués. Es interesante observar que los regímenes nacionalistas que se postulaban para desarrollar burguesías nacionales fuertes en los países oprimidos por el imperialismo ingresan en esta etapa en una fase de desintegración, precisamente porque los rescates al capital en el período de crisis rompieron el equilibrio de contención de los choques de clases, que era la columna sobre la que se asentaban. Que la caída de los precios de las materias primas haya privado a estos regímenes de su base de sustentación económica prueba que no fueron un factor de desarrollo autónomo de sus naciones sino que se limitaron a explotar a su favor el período de alza especulativa del mercado de la “globalización neoliberal”.


Señalemos por último la contradicción que surge de la reivindicación de los Estados de bienestar en contraposición a la globalización neoliberal, en momentos en que el combate contra el coronavirus exige en cambio la mayor cooperación internacional. La clave del asunto está en que solo una planificación económica podría dar lugar a tal cooperación, pero ello es incompatible con la anarquía que impera en el capitalismo por el dominio privado de los medios de producción. 


Esa anarquía económica es también lo que está en la base de los fracasos por revertir la crisis climática, tras tres décadas de cumbres internacionales que ni siquiera lograron poner en marcha un plan común. La mención no es circunstancial, porque si el agotamiento de los suelos fue uno de los factores de la crisis del siglo XIV, la depredación ambiental y las condiciones insalubres de vida que padece la mayoría de la población son un terreno fértil para los estragos que está causando la pandemia. También en este terreno, solo la clase obrera puede dotar de un programa de salida al ascendente movimiento juvenil que lucha contra el cambio climático, porque para ello hay que subvertir las relaciones sociales de producción.


No son entonces las medidas de rescate de la economía capitalista las que conducen a una superación de la crisis actual. Son las huelgas contra la desidia patronal frente al coronavirus, son las peleas contra la desocupación en masa y la precarización de la juventud, son los levantamientos populares contra los planes de ajuste fondomonetaristas y las reformas reaccionarias, son en definitiva las luchas obreras las portadoras de futuro. Lo que hace falta es dotar a estas luchas de un programa propio de salida a la crisis. Finalmente, como acertara de forma brillante y trágica Rosa Luxemburgo, la dicotomía que domina la era histórica de agotamiento del capital se dirime entre el socialismo o la barbarie.

 

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